La devastadora riada ocurrida el miércoles en Nepal, cerca de la frontera con China, dejó al menos 939 muertos, indicó este lunes la autoridad nepalí encargada de la gestión de emergencias, que revisó a la baja el balance de desaparecidos, situándolo en 3 mil 925.
Por su parte, los medios estatales chinos confirmaron la muerte de 16 personas en la región autónoma de Tibet y 546 desaparecidos tras la catástrofe, lo que eleva el balance total a 955 muertos y 4 mil 471 desaparecidos.
Los rescatistas intentan llegar a los trabajadores que se cree quedaron atrapados en túneles.
Este lunes se realizó una explosión controlada cerca del túnel de la hidroeléctrica Trishuli-3A, en el distrito de Rasuwa, mientras crece el temor de que se cierra la ventana de oportunidad de encontrar sobrevivientes.
El objetivo de la explosión es intentar abrir acceso al lugar, que quedó bloqueado hasta el techo con una masa de roca, tierra y lodo.
La voladura permitió avanzar y comprobar hasta dónde llegaba el agua, pero no alcanzar el punto donde se cree que estaban los trabajadores cuando la riada arrasó la central y buena parte del valle.
“Si no hubiera agua dentro, ya habríamos llegado hasta el lugar donde creemos que están atrapados”, explicó Shri Ram Neupane, ingeniero y experto en túneles que participa en la operación, al medio nepalí Setopati.
Más allá del agua hay una enorme acumulación de piedras, tierra y lodo. Para retirarla necesitan dos grandes excavadoras.
El problema es llevarlas hasta allí.
Las carreteras quedaron destruidas y las máquinas son demasiado grandes para los helicópteros. Desmontarlas, trasladarlas por piezas y volverlas a ensamblar consumiría todavía más días.
“Estamos trabajando con lo que tenemos disponible”, reconoció Neupane.
La sucesión de obstáculos ayuda a explicar cómo una operación con militares, policías, ingenieros, explosivos y especialistas extranjeros sigue sin alcanzar, casi 120 horas después de la inundación, el lugar donde se busca a los trabajadores.
Esas mismas 120 horas hacen cada vez más difícil imaginar qué puede haber al final. Los equipos no han tenido contacto con quienes creen que quedaron dentro y desconocen si existen sectores secos, bolsas de aire o espacios elevados donde alguien haya podido refugiarse.
Hasta que consigan entrar permanecen abiertas las dos posibilidades más extremas, encontrar supervivientes después de cinco días bajo tierra o llegar cuando ya no quede nadie a quien rescatar.
Cinco días de obstáculos
El ejército intentó dos veces aterrizar en Upper Trishuli-3A el miércoles, pero el mal tiempo obligó a abortar ambos intentos. Solo el jueves consiguió dejar un equipo sobre el terreno para evaluar los daños junto a técnicos de la Autoridad de Electricidad de Nepal (NEA).
La operación específicamente destinada a alcanzar a quienes podían haber quedado atrapados bajo tierra comenzó el viernes, según la NEA.
Los equipos perforaron cinco conductos para introducir aire, excavaron accesos alternativos y buscaron una galería utilizada para los cables de la central. El domingo llegaron finalmente a la parte superior del túnel y abrieron el hueco por el que descendieron los militares.
Gritaron hacia el interior. Nadie respondió.
La cronología no muestra cinco días sin búsqueda, sino cinco días en los que cada avance condujo a un obstáculo distinto, primero llegar a la central, después encontrar los accesos enterrados, abrirlos y finalmente enfrentarse al agua y los sedimentos.
Rescatistas extranjeross apoyan
La complejidad de las operaciones llevó a Nepal a incorporar especialistas extranjeros, 11 rescatistas indios trabajan en Mailung-Chilime y Syafrubesi, nueve chinos en Upper Trishuli-3A y personal surcoreano también ha sido desplegado, según el portavoz gubernamental Prakash Poudel.
Datos oficiales sitúan en más de 900 las personas atrapadas o sin localizar en distintos proyectos hidroeléctricos, aunque esa cifra no equivale al número de personas bajo tierra.
Familiares y representantes del sector habían reclamado ayuda exterior, mientras el gobierno sostiene que no rechazó ofertas internacionales y que solicitó especialistas conforme identificó las necesidades.
Queda por reconstruir cuándo se estableció que había trabajadores posiblemente atrapados en cada túnel, cuándo se determinó qué ayuda especializada requería cada operación y cuánto de estos cinco días responde a la dificultad física de acceder a centrales que la riada dejó prácticamente incomunicadas.
Ajay Prasad Singh, un ingeniero de control de calidad de 30 años que trabajaba en un proyecto hidroeléctrico de Rasuwa, no estaba dentro de un túnel la última vez que uno de sus compañeros lo vio.
El trabajador, que pidió no ser identificado, consiguió abandonar el complejo en autobús apenas unos minutos antes de la riada.
Ajay debía tomar el siguiente.
Cuando su compañero se marchó, él todavía permanecía en las instalaciones. Desde entonces no se sabe dónde está.
Su familia ha recorrido centros de rescate y hospitales e intentado localizar su teléfono. Los datos de ubicación sitúan su última señal dentro del campamento, en un punto que ahora estaría sepultado.
“Desafortunadamente, todavía no tenemos ninguna noticia sobre Ajay. La búsqueda continúa”, confirmó este lunes a EFE uno de sus familiares.
Su caso muestra por qué el número de desaparecidos en las hidroeléctricas no puede convertirse automáticamente en una cifra de personas atrapadas en túneles.








