Por Julio Valdez
El Super Bowl 60 prometía un espectáculo musical de alto impacto, pero terminó convirtiéndose en algo más complejo: un laboratorio mediático donde la política, la identidad cultural y la polarización ideológica convivieron bajo una narrativa fragmentada.
Entre el simbolismo latino de Bad Bunny, las declaraciones incendiarias de Billie Joe Armstrong, el mensaje histórico de Ricky Martin, la cómoda y fresca participación de Lady Gaga y la contra-programación conservadora encabezada por Kid Rock, el evento dejó claro que el verdadero conflicto no ocurrió únicamente en el escenario… sino en la forma en que cada audiencia interpretó lo que vio.
Por mi parte, debo admitir que quedé un tanto estupefacto cuando terminó la participación de Bad Bunny y sus invitados. 15 minutos de intentar captar qué estaba diciendo el reguetonero puertorriqueño me dejó un tanto preocupado pensando en que si los demás habrían comprendido su mensaje. De pronto recapacité en que su show fue más simbólico, salpicado de muchas referencias a nuestra cultura latina, de pequeños recuadros muy pintorescos que hablaban por si mismos y que no estaba seguro si otras personas fuera de los latinos, comprenderían dichas joyas visuales.
Bad Bunny: una política estética que dividió expectativas
Desde el inicio, el espectáculo de medio tiempo apostó por una narrativa cultural antes que por una confrontación política directa. Bad Bunny construyó un relato escénico basado en la identidad puertorriqueña, la diáspora latina y la idea continental de América. La música, los visuales y los símbolos transmitieron mensajes sobre colonialismo, desplazamiento y resistencia cultural, pero evitando declaraciones explícitas contra figuras políticas concretas. No hubo discurso directo.
El resultado fue poderoso desde lo cultural y estratégico desde lo mediático. Por un lado, consolidó el primer halftime verdaderamente latino y en español como un hito histórico. Por otro, dejó a sectores del público esperando un discurso más frontal frente a políticas migratorias o tensiones políticas actuales. Su música puso a todos a bailar, pero muchos esperaban que en algún momento pausara para decir alguna frase que hiciera explotar el estadio en vítores, no fue así.
Esta elección creativa abrió una brecha interpretativa: para algunos fue un acto de diplomacia artística en el escenario más masivo del mundo; para otros, una oportunidad perdida de confrontación directa.
Sin embargo cerró con un broche de oro muy poderoso: Nombrar ante las cámaras de televisión y sus millones de espectadores, a los países que conforman el continente americano, estrelló en mil pedazos el concepto que tienen muchos de nombrar América a solo un país, es decir, a Estados Unidos. “Cachetada con guante blanco”, dicen en mi país, o simplemente un golpe de realidad que debió impartir alguna maestra de geografía en la escuela primaria estadounidense.
Los números no mienten, el espectáculo de Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl 60 fue de los más vistos de la historia. Según datos de Nielsen, promedió 128,2 millones de espectadores, lo que lo convierte en el cuarto espectáculo más visto de todos los tiempos en este segmento, detrás de Kendrick Lamar (133.5 millones, 2025), Michael Jackson (133.4 millones, 1993) y Usher (129.3 millones, 2024).
Caso muy distinto en el ciberespacio, donde de acuerdo a la NFL, el show del medio tiempo del Super Bowl LX acumuló 4,000 millones de reproducciones en sus primeras 24 horas, aumentando 137 por ciento respecto a la presentación del año pasado de Kendrick Lamar.
Ricky Martin: memoria histórica como advertencia simbólica
Uno de los momentos políticamente más densos del espectáculo llegó con la interpretación de Ricky Martin de “Lo que le pasó a Hawái”. La canción evocó la anexión estadounidense del archipiélago y el impacto histórico que tuvo sobre sus pueblos originarios, funcionando como una reflexión sobre colonización, desplazamiento cultural y pérdida de identidad. ¿Una advertencia a Puerto Rico? No necesariamente pero…
Más que una denuncia directa o una predicción literal, el segmento operó como una advertencia simbólica que estableció paralelismos con Puerto Rico y sus debates contemporáneos sobre estatus político, gentrificación y transformación económica. Fue una crítica compleja, construida desde la memoria histórica y la metáfora, que reforzó la línea narrativa del halftime: un espectáculo profundamente político… pero expresado a través de símbolos culturales más que consignas explícitas.
Nadie esperaba a Ricky Martin, no había sido anunciado, fue una agradable sorpresa, pero lo extraordinario fue su presentación. El cantante puertorriqueño no había tomado una postura política fuerte recientemente, por lo que con su interpretación del tema elegido demostró que el boricua también tiene sangre en las venas y que el nacionalismo isleño lo impulsa a cantar un reclamo, a mostrar una postura, a exponer una visión de falta de justicia hacia los pueblos originarios. Excelente participación de Ricky Martin.
Green Day: el mensaje más frontal ocurrió fuera del escenario principal
Paradójicamente, el momento político más directo de la semana no ocurrió durante el halftime ni dentro de la transmisión oficial del Super Bowl. Llegó en un concierto previo, cuando Billie Joe Armstrong, vocalista de la banda, lanzó una crítica frontal dirigida a agentes de inmigración:
“Quit your s—ty ass job… porque cuando todo esto termine… Kristi Noem, Stephen Miller, JD Vance y Donald Trump los van a dejar tirados, como un mal hábito”, afirmó el vocalista de Green Day, generando una de las polémicas más intensas del fin de semana. Fue un mensaje breve, pero contundente, dirigido a los agentes de ICE, nombrando a los dirigentes del gobierno actual.
Las declaraciones contrastaron con la actuación de la banda dentro del espectáculo principal, donde el tono fue mucho menos confrontacional. Sin embargo, la reputación política histórica de Green Day y la viralización de esas palabras alimentaron la percepción pública de que el rock había llevado el mensaje político más contundente del evento.
Esto reveló una dinámica mediática clave: el impacto político no siempre depende de lo que ocurre frente a las cámaras principales, sino de la conversación que se construye alrededor del espectáculo. En el pasado y en el presente, es decir, tener una postura firme y mantenerla siempre visible.
Especialmente durante su presentación pre-game, donde al ejecutar su icónica canción “American Idiot”, fue silenciada o parcialmente distorsionada al llegar a la frase “the subliminal mind-fuck America” (“el lavado mental subliminal, América”), tal como en la letra original de la canción. ¿Problemas técnicos? Lo dudo mucho.
Billie Joe Armstrong mantiene una postura política firmemente progresista y anti-establishment, caracterizada por críticas directas a políticas migratorias (ICE), oposición a Donald Trump y el uso de símbolos culturales como la Virgen de Guadalupe para apoyar a la comunidad latina. En 2026, intensificó sus mensajes contra el control migratorio.
Lady Gaga: un puente cultural sin discursos forzados
La aparición de Lady Gaga dentro del espectáculo de Bad Bunny funcionó como uno de los gestos simbólicos más potentes de la noche. Lejos de convertirse en una intervención dominante o en un intento de apropiación cultural, su presencia se sintió como un ejercicio de convivencia artística: una estrella pop estadounidense, blanca y rubia que decidió entrar al universo latino desde el respeto escénico, cantando y bailando —incluso salsa— sin intentar imponerse como centro del relato.
El momento transmitió una idea que rara vez se logra en escenarios de alcance masivo: la posibilidad de integración cultural sin la necesidad de borrar identidades. Gaga no dejó de ser quien es, ni las estrellas latinas suavizaron su esencia para acomodarla. En cambio, el espectáculo mostró que gustos, idiomas, emociones y tradiciones pueden coexistir en armonía sin exigir asimilación ni renuncia.
Más que un discurso político explícito, su participación proyectó una imagen de convivencia cultural orgánica, casi cotidiana, que contrastó con la polarización mediática que rodeó al evento. Mientras algunos sectores buscaban leer confrontación ideológica en cada segmento, el escenario ofrecía una imagen distinta: artistas de orígenes distintos compartiendo un mismo lenguaje artístico sin tensiones visibles, recordando que la cultura popular también puede ser un espacio de encuentro y no únicamente de conflicto. Lady Gaga dijo con su presencia, aquí estoy y me siento muy cómoda con ellos.
Kid Rock y Turning Point: ruido ideológico sin peso cultural
En paralelo al halftime oficial, el “All-American Halftime Show” impulsado por Turning Point intentó posicionarse como la respuesta conservadora al espectáculo principal, pero acabó siendo una verguenza descomunal con las acusaciones en redes sociales de haber hecho playback y sus increíbles justificaciones hicieron que músicos lo tacharan de falso.
Con discursos centrados en valores tradicionales y una narrativa política explícita, el evento logró atraer audiencias digitales importantes dentro de nichos ideológicos específicos, conservadores y republicanos. Importantes, pero que no se acercaron ni de cerquita a los números conseguidos por Bad Bunny.
Su impacto cultural fue extremadamente limitado, si es que tuvo alguno. La conversación pública siguió dominada por el halftime latino y por las polémicas asociadas a artistas del espectáculo oficial. Incluso dentro de sectores conservadores surgieron críticas sobre la falta de un momento verdaderamente dominante que lograra competir con el alcance cultural del evento principal en el Levi’s Stadium.
El resultado evidenció que la polarización puede construir audiencias paralelas… pero no necesariamente controlar la narrativa central.
Pero la pregunta es, ¿era realmente necesario hacer otro show para mostrar que estaban en desacuerdo con la elección de Bad Bunny, un latino que canta en español? Trump y sus allegados han demostrado una y otra vez que desean un país “blanco” y representado únicamente con los valores que ellos defienden, sin diversidad de culturas ni de ideologías, pero esto solo los ha expuesto ante los ojos del mundo.
A un tenor italiano de opera no se le exige que cante “La Traviata” en inglés. A una compañía de teatro japonés no se le pide traducir al idioma de Shakespeare el “Kanadehon Chūshingura“, la famosa historia de los 47 Ronin. No puedo imaginar que se le hubiera exigido a Edit Piaf que no cantara en francés “La vie en rose”.
Si bien es cierto que “Debí Tirar Más Fotos” de Bad Bunny no es equiparable a cualquiera de las obras maestras antes mencionados, es ridículo exigir que el repertorio del puertorriqueño debiera traducirse a otro idioma que no sea el que fue creado porque pierde mucho de su identidad. Pero les incomodaba la idea de que un latino encabezara el evento del año.
La verdadera batalla: percepción contra realidad
El Super Bowl 60 no fue una confrontación política directa entre artistas o ideologías. Fue una disputa mediática donde las expectativas del público moldearon la interpretación del espectáculo.
- Bad Bunny dominó la narrativa cultural con un mensaje simbólico de identidad continental.
- Ricky Martin introdujo una reflexión histórica compleja que transformó la memoria en advertencia política.
- Billie Joe Armstrong protagonizó la declaración más frontal del fin de semana, aunque fuera fuera del escenario principal.
- Kid Rock y el evento alternativo representaron la polarización ideológica de hoy, pero sin dominar el relato cultural global.
Más que un espectáculo político tradicional, el Super Bowl 60 fue un espejo de la fragmentación mediática actual. Cada audiencia vio lo que esperaba ver: activismo simbólico, confrontación directa, resistencia cultural o propaganda ideológica.
La política en el entretenimiento masivo ya no se mide únicamente por discursos incendiarios. También vive en metáforas históricas, gestos escénicos y narrativas culturales que se expanden más allá del escenario.
Y quizá esa sea la lección más incómoda del evento: el poder político del espectáculo no depende solo de lo que los artistas dicen… sino de cómo el público, los medios y las trincheras ideológicas deciden escuchar.








