Por Julio Valdez

Hoy Minnesota despertó distinto. Las calles de las Ciudades Gemelas, normalmente llenas de vida, amanecieron en silencio. No fue por el clima ni por una festividad. Fue una decisión colectiva. Una respuesta directa al asedio que vive la comunidad bajo las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS).

Hoy no se salió a trabajar. No se fue a la escuela. No se compró. No recuerdo un clima de temor de tal intensidad en las Ciudades Gemelas.

Hoy, miles de personas eligieron detener la rutina para visibilizar una realidad que ya no puede seguir ignorándose: el miedo se ha instalado en los hogares de Minnesota.

Pero este miedo —y esta respuesta— no pertenecen a una sola comunidad. Aunque la comunidad latina ha sido una de las más directamente afectadas, hoy no está sola. Comunidades afroamericanas, asiáticas, indígenas, blancas, refugiadas y de fe diversa han cerrado filas en un acto de solidaridad poco común y profundamente significativo. Minnesota se reconoce hoy como un mosaico humano que entiende que cuando una comunidad es atacada, todas están en riesgo.

El despliegue de agentes federales ha paralizado barrios enteros. Familias viven con la angustia constante de no saber si volverán a verse al final del día. Negocios cerraron no por falta de clientes, sino por solidaridad y dignidad. Escuelas quedaron vacías porque ningún aprendizaje es posible cuando el temor gobierna.

Este paro no es un acto de desobediencia caprichosa; es un grito. Un grito que dice que la aplicación de la ley no puede convertirse en persecución, que la seguridad no puede construirse a costa de comunidades enteras, y que la migración —como tantas otras identidades— no es un crimen, sino una realidad humana.

Ni el miedo, ni el frío detienen a una comunidad sedienta de justicia

La marcha convocada hoy en las Ciudades Gemelas no es solo una protesta contra ICE y el DHS. Es una defensa del tejido social de Minnesota. Es la voz conjunta de trabajadores, madres, estudiantes, líderes religiosos y ciudadanos de todos los orígenes que se niegan a normalizar redadas, detenciones arbitrarias y la ruptura de familias como política pública.

Minnesota siempre se ha definido por su sentido comunitario, por la solidaridad y por la defensa de los derechos civiles. Hoy, ese espíritu se manifiesta en la ausencia, en el cierre, en el silencio que resuena más fuerte que cualquier consigna.

Este editorial no llama al caos. Llama a la reflexión.
Llama a las autoridades federales a escuchar a las comunidades que dicen proteger.
Llama a los líderes políticos a elegir el diálogo sobre la fuerza.
Y llama a la sociedad en su conjunto a no mirar hacia otro lado.

Porque cuando un estado entero deja de moverse para ser escuchado, el mensaje es claro: algo está profundamente mal.
Hoy Minnesota no trabaja, no compra, no estudia.
Hoy Minnesota resiste, unida.

Porque el silencio de hoy no es solo una protesta: es una pregunta. Una pregunta incómoda, pero necesaria.

Cuando comunidades enteras dejan de trabajar, de estudiar y de consumir para defender su dignidad, la historia no solo observa a quienes marchan, sino también a quienes miran desde la acera. Minnesota ha hablado con claridad. Ahora la pregunta queda en manos de cada lector, de cada vecino, de cada institución:

¿Estamos dispuestos a seguir con la rutina como si nada pasara, o a hacer algo —por pequeño que sea— para que este silencio no sea en vano?

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