Por Julio Valdez

Minneapolis–St. Paul.— Las redadas de ICE no solo han sembrado miedo en las comunidades migrantes de Minnesota; también han evidenciado el vacío moral y operativo de un Estado que persigue, encierra y desintegra familias, mientras deja en manos de ciudadanos comunes la tarea de reconstruir lo que sus operativos destruyen.

En las Ciudades Gemelas, el gobernador Tim Walz y los alcaldes como Jacob Frey se oponen ante los embates del gobierno republicano, pero la respuesta más significativa no ha venido de discursos oficiales, ni de partidos políticos, ni de grandes organizaciones con logos visibles.

Ha venido desde abajo. Desde el individuo anónimo. Desde personas sin cargo, sin reflectores, sin nacionalidad como estandarte y sin interés distinto al de proteger a quien tienen al lado. La resistencia ante los abusos viene de la sociedad, de la comunidad.

Incluso organizadores con décadas de experiencia admiten que hoy es imposible dimensionar la magnitud de la resistencia. En cada barrio aparecen nuevas formas de apoyo que no figuran en comunicados ni ruedas de prensa: carpinteros que recorren la ciudad reparando puertas derribadas durante operativos; operadores de grúas que remolcan gratuitamente los autos de personas detenidas para evitar que sean confiscados; vecinos que llevan comida, medicinas y mensajes de calma a familias obligadas a esconderse.

Existen decenas —probablemente más de un centenar— de redes de respuesta rápida, muchas organizadas en otros idiomas y fuera de los canales institucionales. Comunidades enteras montan guardias frente a escuelas y guarderías, no por ideología, sino por una convicción elemental: los niños no son objetivos, las familias no son daños colaterales.

Esta resistencia no tiene líderes que puedan ser arrestados, desacreditados o comprados. No depende de fondos que puedan congelarse ni de permisos que puedan revocarse. Es una organización dispersa, autónoma y profundamente arraigada, construida durante años a través del apoyo mutuo, la organización laboral y de inquilinos, y el simple acto —cada vez más radical— de cuidar al prójimo.

Mientras ICE opera con listas, esposas y camiones, la comunidad responde con llaves, comida caliente, tiempo y presencia. Frente a un Estado que actúa sin rostro humano, surge una red de personas que no buscan reconocimiento, ni cargos, ni protagonismo. Personas que no preguntan por pasaportes, acentos o colores de piel antes de ayudar.

En Minnesota, el verdadero contrapeso al miedo no es una estrategia electoral ni una promesa vacía. Es el héroe sin capa: el vecino, la trabajadora, el conductor, la madre, el joven que entiende que esperar instrucciones ya no es opción. Que la dignidad no se negocia. Y que una comunidad organizada, aunque sea ingobernable, es infinitamente más humana que cualquier sistema que pretenda someterla.

Minnesota resiste, sin perder lo Nice.

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