Hay crisis que hunden a las figuras políticas, exhibiendo sus debilidades e inseguridades. Y hay figuras políticas que se crecen con las crisis y revelan su fuerza de carácter y capacidad de liderazgo. Este último es el caso de Mette Frederiksen, la aguerrida primera ministra de Dinamarca.
Frederiksen, de 48 años, se convirtió, a los 41, en la segunda mujer en asumir como primera ministra y la más joven en la historia del país. Era junio de 2019.
Desde entonces, ha pasado de una crisis a otra, al grado de que Jonas Parello-Plesner, exdiplomático danés y director ejecutivo de la fundación Alianza de Democracias, dijo a El País que Frederiksen “es una primera ministra que gestiona muy bien cuando hay crisis. No sabemos qué tipo de primera ministra habría sido sin las crisis”.
Su principal dolor de cabeza, actualmente, es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La respuesta de la primera ministra y su firmeza la convierten en una de las Mujeres a Seguir este 2026.
Puede decirse que, antes de aprender los números, Frederiksen aprendió de política. Con un padre tipógrafo y sindicalista, miembro del Partido Socialdemócrata, siempre había en casa temas políticos de los cuales hablar. “Vengo de una familia muy política. Mi padre era miembro activo de sindicatos, igual que mi abuelo, y mi tatarabuelo. Así es como me crié”, contó a la revista Vogue en 2025. Seguir el camino político era natural para ella. Su madre, trabajadora social, le habló siempre de la importancia de defender a los más débiles. Esto definió el carácter de Frederiksen y la convirtió en activista desde muy pequeña.
A los 12 años no sólo simpatizaba con la causa de Nelson Mandela, sino que se unió al ala juvenil del Congreso Nacional Africano. “En aquella época era bastante habitual en Dinamarca apoyar a Mandela”, dijo a Vogue. “Pero me sorprendería bastante que hubiera habido otro niño de 12 años en el norte de Jutlandia que fuera miembro juvenil del CNA”.
Defensora de la lucha contra el apartheid, a los 18 años, viajó sola a Kenia y vivió allá durante un año.
En casa también daba muestras de carácter. Como cuando, estando en preparatoria, se enfrentó a un grupo de skinheads que se burlaban de niños migrantes. Según confesó al New York Times, aquello no salió bien para ella, que terminó con un puñetazo en la cara.
Frederiksen ha evolucionado. Mantiene su firmeza, pero la combina con prudencia, algo que le ha servido para enfrentar a otro bully: Trump. Licenciada en Ciencias Sociales y Maestra en Estudios Africanos, a los 24 años ya era diputada; en 2011 se convirtió en ministra del Trabajo, donde impulsó la reforma de la jubilación anticipada. Para 2015 era líder del Partido Socialdemócrata. De ahí, dio el salto y enfrentó su primera prueba. Llevaba apenas unos meses como primera ministra cuando, en agosto, Trump, entonces en su primer mandato, expresó su deseo de comprar Groenlandia, un territorio autónomo danés.
Trump tenía programada una visita de Estado a Dinamarca. Pero cuando Frederiksen fue cuestionada sobre comentarios del estadounidense, respondió que era “absurdo” y que “Groenlandia no es danesa. Groenlandia pertenece a los groenlandeses”.
Trump canceló la visita. Luego vendría la pandemia de Covid-19. Frederiksen se convirtió en una de las líderes más elogiadas a nivel internacional por cómo manejó la situación, logrando que su país tuviera una de las cifras más bajas de mortalidad y una alta tasa de vacunación. Gracias a eso, Dinamarca fue uno de los primeros países en levantar las restricciones relacionadas con el virus.
Aun así, Frederiksen no salió sin raspones. El visongate es prueba de ello: la decisión de sacrificar a toda la población de visones (entre 15 y 17 millones) desató un escándalo y una investigación que concluyó que el gobierno “engañó gravemente” a la población. Frederiksen recibió una amonestación, pero libró un juicio político. Los daneses denunciaron lo que llamaron “carácter autoritario” de la primera ministra. Frederiksen cree que detrás de muchas críticas hubo algo de misoginia, aun en uno de los países con mayor grado de igualdad en derechos.
“Si nos fijamos en las palabras que se utilizan para criticarme”, dijo a Vogue, “especialmente durante el Covid-19 (…), hay un aspecto de género en ello. Se me acusó de ser ‘demasiado poderosa’, ‘demasiado fuerte. Eso no le habría pasado a un hombre’”. También hubo reclamos por su giro en el tema migratorio, en el que pasó de ser defensora a reclamar restricciones y convertir a Dinamarca en uno de los países con las normas de asilo más duras en Europa, incluyendo la separación familiar, o el uso de campos en el extranjero. Ella defiende las medidas como necesarias para mantener el estado de bienestar danés. Y alega que ningún país, solo, puede recibir cantidades masivas de migrantes.
“Mamá Mette”, como es conocida en casa, no sólo ha tratado de sortear tormentas políticas, sino mantener el equilibro y la privacidad de su vida familiar. Casada en segundas nupcias con Bo Tengberg, director de fotografía, y madre de dos hijas de su primer matrimonio, Frederiksen es conocida en Instagram por compartir recetas, por su pasión por el baile (en algún momento quiso ser bailarina) y por mantener a su familia lejos de los vendavales políticos.
“Una de las mejores cosas de ser político en Dinamarca es que seguimos viviendo más como el resto de la sociedad que en otros países. Mi familia lleva una vida normal”, dijo a Vogue, si bien desde entonces tuvo que mudarse debido a la atención que su enfrentamiento con Trump ha generado hacia su persona.
Frederiksen ha sido una de las voces y líderes más activas en torno a la invasión rusa en Ucrania. No sólo ha enviado aviones y armas, sino que advierte que si no se le pone un freno a Vladimir Putin pronto invadirá otro país.
En 2025, el partido de Frederiksen sufrió una dura derrota en las elecciones municipales. Incluso la alcaldía de Copenhague, que por más de un siglo estuvo gobernada por la socialdemocracia, cayó en manos de la oposición.
“No siempre he escuchado con cuidado a todos. A ustedes. No he hecho lo suficiente ante el precio elevado de los alimentos (…), ante las desigualdades crecientes (…), para los niños que no prosperan. Esto tiene que cambiar. Es responsabilidad mía”, reconoció en su mensaje de Año Nuevo.
Pero dicen que no hay político sin suerte. Y Frederiksen la tiene. El regreso de Trump a la Casa Blanca y sus renovadas amenazas sobre Groenlandia le dieron nuevos bríos a la primera ministra, que no ha dudado en responder: “No cederemos. No renunciaremos”.
Mientras intenta hacer un nuevo acto de equilibrismo, poniendo límites a Trump sin causar un enfrentamiento descarnado que implique aranceles y sufrimiento para los daneses, las encuestas la colocan de nuevo como la favorita para ganar la elección de este año.
“Si aceptamos que las grandes potencias pueden intimidar a otros países, entonces se acabó el juego para todas las democracias”, alertó Frederiksen a Vogue. “Este es uno de esos momentos en que hay que elegir entre lo correcto y lo incorrecto”. Ella apuesta que, al elegir el primero, se impondrá. Los daneses y los groenlandeses esperan lo mismo.








