Esta historia fue publicada originalmente por Yery M. García para The New Humanitarian, en su versión en inglés y traducida al español. Fotografía: Imagen generada en Grok
Por Yery M. García
Un embargo estadounidense de décadas de duración, sumado a años de mala gestión sistémica, creciente represión y una burocracia laberíntica —incluyendo medidas dirigidas a las ONG que brindan asistencia— ya había obligado a los cubanos a depender principalmente de las remesas y de las redes de apoyo comunitarias locales para subsistir.
Pero las últimas maniobras geopolíticas del presidente Donald Trump han incrementado los niveles de desesperación. Desde que atacó a Venezuela y secuestró al presidente Nicolás Maduro a principios de enero, el gobierno estadounidense ha suspendido e interceptado todos los envíos de petróleo venezolano a Cuba, privando a la isla de su principal proveedor de combustible.
Una orden ejecutiva del 29 de enero que declara una Emergencia Nacional ante “la amenaza inusual y extraordinaria” que, según Estados Unidos, representa el gobierno cubano para la seguridad nacional, agravó la situación.
Como resultado, también se detuvieron las importaciones de petróleo de otros proveedores, como México y Rusia, y las ya precarias condiciones de vida en la isla se han agravado aún más. Los apagones continuos se están prolongando, paralizando los servicios básicos. Los expertos afirman que sin nuevos envíos de combustible en marzo, el país podría llegar a lo que llaman la “hora cero” (un agotamiento total de combustible) y caer en la peor crisis económica desde la Gran Depresión de la década de 1930.
María Elena Rodríguez, maestra jubilada de Pinar del Río, la provincia más occidental de Cuba, declaró por teléfono a The New Humanitarian que nunca había experimentado semejantes dificultades.
“Nada se compara con lo que vivimos hoy”, afirmó. “La situación era muy difícil en los años 90, durante el Período Especial (la crisis económica que siguió al colapso de la Unión Soviética). Tuvimos dificultades para conseguir alimentos y transporte, pero al menos había medicamentos disponibles”.
Agravando una crisis que ya se agrava
El combustible ha escaseado durante años en Cuba. Los cortes de electricidad han sido habituales, especialmente desde mediados de 2024, cuando el país se sumió en una crisis energética a gran escala que provocó varios apagones en todo el país. El envejecimiento de las centrales eléctricas, la subinversión crónica y la limitada producción nacional de petróleo han llevado la red eléctrica al borde del colapso.
Hasta el bloqueo de los envíos de petróleo, estos cortes de electricidad duraban entre 12 y 14 horas. Ahora, pueden extenderse por más de 20 horas. La comida se echa a perder. Las bombas de agua dejan de funcionar. Los hospitales utilizan generadores, si aún hay combustible disponible.
Esto solo agrava una prolongada emergencia humanitaria que se había intensificado desde la pandemia de COVID-19, marcada por la escasez de alimentos y medicamentos básicos. La devaluación de la moneda, la caída de la productividad y el declive de sectores económicos clave como la producción azucarera y el turismo provocaron el grave empobrecimiento de una población cada vez más desilusionada con las promesas incumplidas de la revolución socialista de Fidel Castro de 1959.
La desigualdad aumentó y, para 2021, el panorama económico era tan desalentador que desencadenó una serie de manifestaciones masivas violentamente reprimidas, conocidas como las protestas del 11 de julio.
En medio de una inflación galopante y una economía semiparalizada, el presidente Miguel Díaz-Canel, nombrado en 2018 por su predecesor, Raúl Castro, reconoció recientemente que el PIB de Cuba había disminuido un 4 % solo en los primeros nueve meses de 2025. Según datos oficiales, el salario estatal promedio ronda los 6500 pesos cubanos al mes (unos 4000 para los jubilados), menos de 13 dólares al tipo de cambio informal. En febrero de 2026, el precio de una caja de 30 huevos superaba los 3000 pesos.
Rodríguez comentó que ahora se ha acostumbrado a saltarse al menos una comida al día: “A veces simplemente no quiero cocinar con carbón. Soy asmática y el humo me hace daño. A veces, no tengo nada que comer, y la escasa comida que encuentro se pudre después de varias horas sin refrigeración”.
A medida que fallan los sistemas esenciales, muchas familias luchan por conseguir alimentos. Se apresuran a completar tareas básicas y a almacenar agua en cubos durante las pocas horas que hay electricidad. En las calles, la basura sin recoger se acumula, propagando enfermedades. Mientras tanto, el sistema de salud cubano está bajo una gran presión. Las familias deben llevar sus propios suministros a los hospitales, y los pacientes recurren a grupos de chat para comprar medicamentos que no están disponibles en las farmacias estatales en el mercado negro, pero a un precio 50 veces superior al oficial. Desde febrero, los servicios de salud han priorizado la atención de emergencia, la salud maternoinfantil y el tratamiento del cáncer.
Muchos ven la salida como la única solución. Entre 2021 y 2025, más de un millón de los aproximadamente 10 millones de cubanos abandonaron la isla, aunque algunas estimaciones son incluso mayores. Las remesas ahora sustentan a muchos hogares, financiando alimentos, medicamentos y el comercio informal a pequeña escala.
La mal llamada “resiliencia” de los cubanos
Durante años, las limitaciones en los medios de vida en Cuba se han desestimado como desafíos para el desarrollo o como daños geopolíticos colaterales de las sanciones estadounidenses, en lugar de la crisis humanitaria crónica que representan. Al mismo tiempo, los mecanismos de afrontamiento de los cubanos se han idealizado con demasiada frecuencia como expresiones de creatividad o resiliencia, en lugar de estrategias de supervivencia.
Armando Chaguaceda, politólogo cubano e investigador principal del centro de estudios Gobierno y Análisis AC (GAPAC) en México, afirmó que “la situación en Cuba es, ante todo, responsabilidad del gobierno cubano”, pero añadió que “también es responsabilidad de la comunidad internacional… que ha tolerado el continuo deterioro”.
“Han contribuido a la descivilización del país”, declaró a The New Humanitarian.
Los cubanos tienen una larga historia de redes informales de solidaridad que cubren las graves carencias del Estado.
Flavia Fonseca reside en Santiago de Cuba, la segunda ciudad más grande de la isla, devastada por el huracán Melissa a finales de octubre. El huracán de categoría 5 causó daños significativos en viviendas, infraestructura y la ya frágil red eléctrica.
“Necesitamos toda la ayuda posible”, declaró. “He perdido mi casa, todo”.
Tras el paso de Melissa, un grupo de artistas e influencers cubanos residentes en Miami se movilizó y entregó ayuda directa a las familias afectadas a través de una campaña de solidaridad. Figuras reconocidas de la diáspora cubana establecieron puntos de recogida en Miami para reunir artículos esenciales para las comunidades devastadas por la tormenta.
En Cuba, este tipo de apoyo ciudadano va mucho más allá de la respuesta a los huracanes. Katherine Gavilán coordina la Red D Ayuda Humanitaria, una iniciativa que nació de los aprendizajes de “Solo el Amor”, una red ciudadana ahora cerrada que procesó alrededor de 5,5 toneladas de artículos médicos, suministros de higiene y alimentos donados, llegando a unos 100.000 cubanos necesitados durante la pandemia.
“Nunca dejamos de recolectar ayuda”, afirmó Gavilán. “Lo que comenzó como respuesta a una solicitud específica de apoyo a amigos y colegas se ha convertido en una red transnacional coordinada”.
La Red de Ayuda Humanitaria ha recaudado alrededor de 2000 euros desde octubre de 2025 e importado más de 400 kilos de medicamentos desde España. “Más de 300 voluntarios dentro y fuera de Cuba contribuyen de diversas maneras, desde la recaudación de fondos y la logística hasta la difusión y la coordinación”, añadió Gavilán.
La red ha forjado alianzas con más de 10 iniciativas para ampliar su alcance, pero la falta de infraestructura financiera, legal y logística la ha obligado a suspender envíos a gran escala que requerían mayor coordinación y recursos.
El gobierno cubano hace casi imposible que este tipo de iniciativa obtenga respaldo legal, por lo que Gavilán está intentando crear una organización en España “para solicitar y gestionar fondos, diseñar un sistema operativo más sostenible y, potencialmente, compensar los costos de tiempo y logísticos”.
A medida que la crisis se profundiza, las ofertas de ayuda aumentan, pero cada vez es más difícil que la gente colabore.
“En el contexto actual, la situación es más compleja porque los envíos de empresas extranjeras se han detenido”, dijo Marleidis Muñoz, una exiliada cubana en Perú que intenta brindar ayuda. “Hemos recolectado suministros y medicamentos que no hemos podido enviar y estamos buscando la manera de hacerlo”.
Muñoz forma parte de un grupo de 50 exiliados que recolectan dinero mensualmente para comprar paquetes de alimentos y medicamentos y enviarlos a Matanzas, una ciudad al este de La Habana donde voluntarios preparan comidas para ayudar a personas mayores vulnerables.
Las aerolíneas han suspendido los vuelos a Cuba, por lo que varias iniciativas están explorando rutas marítimas utilizando empresas de logística privadas. Sin embargo, esto requiere fondos que muchos grupos no tienen.
Los esfuerzos de base también enfrentan otros desafíos.
“Los controles autoritarios, la represión de las iniciativas independientes y la burocracia dificultan aún más el trabajo de los grupos comunitarios y las redes informales de apoyo”, dijo Muñoz. “No hay mediación de ningún tipo por parte del Estado ni de ninguna institución internacional”.
La demografía de la isla también se ha convertido en un desafío. A medida que disminuyen las tasas de natalidad y aumenta la migración, la población cubana envejece rápidamente (el 25 % de los cubanos tiene más de 60 años) y hay pocos jóvenes capaces de liderar o sostener las iniciativas comunitarias. “La soledad aumenta y los cuidadores, a menudo ancianos, están agotados”, afirmó Muñoz.
Un goteo de asistencia
La ayuda internacional ha sido, en general, limitada en la isla.
Las agencias de la ONU tienen cierta presencia, y ONG como Oxfam Internacional, CARE y el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja han brindado asistencia de emergencia tras huracanes y otros desastres. Sin embargo, sus respuestas son insuficientes en comparación con la magnitud de las necesidades.
Para abordar la emergencia actual, varios gobiernos han ofrecido apoyo humanitario.
México envió dos grandes partidas de ayuda, mientras que Chile anunció una contribución de un millón de dólares en asistencia que se canalizará a través de socios multilaterales para garantizar la transparencia. España hará lo mismo a través de la ONU.
Se han reportado denuncias de que el gobierno cubano intercepta la ayuda humanitaria, así como afirmaciones de que revendió alrededor del 60% del petróleo subsidiado de Venezuela a pesar de la crisis del combustible.
Estados Unidos también está enviando alrededor de 9 millones de dólares en ayuda a través de la Iglesia Católica. Activistas de la sociedad civil e internacionales organizaron una flotilla para llevar suministros esenciales a Cuba por vía marítima, una iniciativa criticada por parte de la diáspora por incluir figuras cercanas al gobierno cubano y no denunciar su régimen represivo.
Pero la escasa ayuda humanitaria y las estrategias informales de supervivencia no son una solución sostenible, y irse sigue siendo la única opción viable para muchos. Como lo expresó un ingeniero de 24 años de La Habana, que prefirió no revelar su nombre por temor a represalias del gobierno: «Mi plan a largo plazo es recibir finalmente un correo electrónico anunciando que mi visa de estudiante para entrar en España ha sido aprobada».
Editado por Daniela Mohor.








