Por Julio Valdez
Minneapolis–Saint Paul, Minnesota.— Las calles que durante décadas fueron sinónimo de actividad, comercio y diversidad hoy lucen vacías. Cortinas metálicas abajo, restaurantes con luces apagadas en pleno horario laboral y mercados sin clientes se han convertido en una imagen recurrente en las Ciudades Gemelas y sus suburbios. El detonante no es una recesión tradicional ni una crisis financiera: es el miedo.
Las redadas migratorias y el incremento de operativos federales han provocado un impacto económico y social que ya se siente en toda el área metropolitana de Minnesota. Comerciantes, empleados y consumidores han optado por no salir, cerrar temporalmente o reducir operaciones ante el temor de arrestos y deportaciones.
Negocios cerrados y consumo en caída libre
En corredores comerciales históricamente vibrantes —como Lake Street en Minneapolis o Payne Avenue en Saint Paul— los pequeños negocios reportan caídas drásticas en ventas. Algunos propietarios aseguran que sus ingresos han disminuido entre un 60 y un 80 % en comparación con el mismo periodo del año anterior.
El efecto dominó es claro: menos clientes implica menos ingresos, menos horas laborales y, en muchos casos, despidos o cierres definitivos. Restaurantes, tiendas minoristas, servicios de limpieza, construcción y transporte —sectores con alta participación de trabajadores inmigrantes— son los más afectados.
El Mercado Central lucha por sobrevivir, el Midtown Global Market tiene cada vez menos visitantes y consumidores, algunos negocios han abierto cuentas de GoFundMe para poder salir a flote. Si no hay negocios no hay dinero, y aún así hay que declarar impuestos. No es una crisis pasajera, es crónica.
Los números detrás del silencio en las calles
Los datos estatales ayudan a dimensionar el impacto:
A mediados de la década de los 2000, Minnesota registraba una tasa de desempleo cercana al 4 %, una de las más bajas del país, y un crecimiento económico sostenido impulsado por el consumo interno.
En 2005, el gasto de los hogares representaba aproximadamente dos tercios de la actividad económica del estado, con alta participación en comercio, entretenimiento y servicios.
Hoy, aunque el desempleo sigue siendo relativamente bajo, la economía depende mucho más del consumo diario de comunidades inmigrantes, tanto como trabajadores como clientes.
Cuando ese consumo desaparece, el golpe no es marginal: millones de dólares dejan de circular cada semana en la economía local.
No es solo lo esencial: el colapso del consumo recreativo
El impacto no se limita a lo necesario. También ha caído de forma significativa el gasto en actividades recreativas y de esparcimiento, un sector que hace veinte años era parte fundamental de la vida económica y social del estado.
Cines, salones de baile, clubes sociales, bares, casinos tribales y centros de entretenimiento reportan bajas notables en asistencia, especialmente durante fines de semana, que históricamente concentraban el mayor ingreso.
Antes, salir al cine, a bailar o a un casino era parte de la rutina familiar. Hoy, muchas personas prefieren no exponerse en espacios públicos, aun cuando se trate de actividades recreativas que no implican necesidades básicas.
Este fenómeno tiene un efecto directo en empleos temporales, artistas, personal de seguridad, limpieza y servicios, ampliando el impacto más allá del comercio tradicional.
Ni hablar de las fiestas o eventos sociales como bodas, quinceañeras, bautizos en donde las familias celebraban en grande a sus festejados e invitados, las luces se apagaron, las carpas están guardadas, los instrumentos musicales guardan silencio.
Grandes corporativos también resienten el golpe
Contrario a la idea de que solo los pequeños negocios sufren, el impacto ha alcanzado a grandes empresas y corporaciones.
Cadenas como Walmart y Target, pilares del consumo masivo en Minnesota, han registrado menor afluencia de clientes en zonas con alta presencia migrante. Menos visitas significan menos ventas, incluso en productos básicos.
El Mall of America, símbolo del poder comercial del estado y uno de los centros comerciales más grandes del país, también ha visto reducida la presencia de compradores locales. Aunque el turismo mantiene cierta estabilidad, la ausencia del consumidor cotidiano afecta directamente el volumen de ventas.
Organizaciones sin fines de lucro y clínicas de salud, bajo presión
Las consecuencias se extienden a organizaciones comunitarias y sin fines de lucro, muchas de las cuales dependen de la presencia física de las personas para ofrecer servicios de alimentación, educación, asesoría legal y apoyo social.
Clínicas comunitarias reportan citas canceladas, tratamientos interrumpidos y menor atención preventiva, incluso en casos de enfermedades crónicas. El miedo ha llevado a muchas personas a priorizar el anonimato por encima de su propia salud.
Este retroceso no solo genera un problema humanitario, sino también un costo futuro más alto para el sistema de salud pública.
Una comunidad paralizada
El clima de temor ha reducido la asistencia a escuelas, eventos culturales y espacios públicos. Familias enteras han optado por el confinamiento voluntario. Este ambiente afecta no solo a personas indocumentadas, sino también a residentes legales y ciudadanos estadounidenses, que prefieren evitar cualquier interacción con autoridades migratorias.
El resultado es una economía congelada en su nivel más básico: sin movimiento, sin consumo y sin confianza.
Minnesota: de referente nacional a economía en tensión
Hace veinte años, Minnesota era un referente nacional de estabilidad económica y calidad de vida. Hoy enfrenta una contradicción profunda: una economía que necesita a la comunidad inmigrante para funcionar, pero un entorno que la expulsa del espacio público.
Paradójicamente, el estado atraviesa una escasez histórica de mano de obra, lo que convierte las redadas en un factor que debilita aún más la productividad y la competitividad regional.
El costo invisible
Economistas advierten que el daño no se mide solo en ventas perdidas, sino en confianza destruida. Cuando una comunidad deja de participar en la vida económica y social, la recuperación no es inmediata, incluso si las políticas cambian.
Minnesota, que durante décadas construyó su prosperidad sobre el trabajo y el consumo colectivo, hoy observa cómo el miedo se convierte en el actor económico dominante.
El espejo incómodo: Minnesota como advertencia
Desde el pequeño negocio familiar hasta el mayor centro comercial del país; desde la clínica comunitaria hasta el casino local, todos resienten el mismo fenómeno: una economía paralizada por el temor.
La pregunta ya no es si habrá consecuencias, sino cuánto tiempo tardará Minnesota en reconstruir el tejido económico, social y humano que hoy se está erosionando.
Lo que hoy ocurre en Minnesota no es un caso aislado ni una anomalía local. Es, cada vez más, un anticipo de lo que otros estados podrían vivir muy pronto si el rumbo no cambia. Cuando el miedo sustituye a la confianza, la economía se detiene, el tejido social se rompe y las consecuencias alcanzan a todos, sin distinción de estatus migratorio, tamaño de empresa o nivel de ingresos.
Minnesota, durante años ejemplo de estabilidad y prosperidad, se ha convertido en un espejo incómodo: uno en el que otros estados podrían verse reflejados si continúan políticas que paralizan comunidades enteras y debilitan, desde dentro, la economía que dicen proteger.
En Minnesota, en las comunidades con minorías ya no hay risas ni bullicio. No hay motivos para hacerlo. No por ahora.








