Por Julio Valdez

La salud mental en México dejó de ser un tema marginal para convertirse en una urgencia social. Sin embargo, el reconocimiento no ha venido acompañado de acciones suficientes. Millones de personas viven con ansiedad, depresión, estrés crónico o ideas suicidas sin acceso real a atención pública, mientras el sistema de salud continúa tratando el bienestar emocional como un asunto secundario.

Siendo esposo de una Licenciada en Psicología, la familia visita con naturalidad el consultorio de psicólogos o terapeutas y hablar de la salud médica es un tema normal, pero me di cuenta que en nuestra comunidad no es visto así y de que no se trata de una moda ni de una sobrerreacción generacional.

Se trata de una crisis acumulada durante décadas, alimentada por desigualdad, violencia, precariedad económica y abandono institucional. Hoy, los efectos son visibles en escuelas, hogares, centros de trabajo y comunidades enteras.

El problema permea desde la infancia y adolescencia, hasta la edad adulta y la vejez, agravado por factores externos como la inseguridad, la violencia comunitaria y la falta de apoyo institucional.

Organismos internacionales han advertido que gran parte de las personas con trastornos mentales no accede a ningún tipo de atención eficaz, especialmente en países de ingresos bajos y medianos, como México. En muchos lugares hasta el 90 % de quienes necesitan tratamiento nunca lo recibe, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esto se debe a la insuficiente financiación, escasez de especialistas y modelos de atención tradicionales poco accesibles.

Ir al psicólogo, un tema tabú

Hace apenas 40 o 50 años, hablar de salud mental en México era impensable. Ir al psicólogo se asociaba con “locura”, debilidad o vergüenza. Las emociones se reprimían, los problemas se callaban y el sufrimiento se normalizaba como parte de la vida.

Ese silencio no significaba bienestar: significaba desatención. Generaciones enteras crecieron sin diagnóstico, sin herramientas emocionales y sin acompañamiento profesional. Muchos de los problemas sociales actuales tienen su raíz en esa cultura del aguante y la negación.

Hoy el panorama ha cambiado, especialmente entre jóvenes. La salud mental ya es un tema cotidiano, se habla en redes sociales, en universidades y en espacios públicos. La demanda de atención psicológica ha crecido porque hay mayor conciencia, no porque haya más fragilidad. El problema es que el Estado no evolucionó al mismo ritmo que la sociedad.

Algunos países han desarrollado programas sistemáticos dirigidos a niños y adolescentes que buscan fortalecer habilidades emocionales y resiliencia, prevenir trastornos y facilitar la detección temprana de problemas como ansiedad, depresión o ideación suicida.

Un ejemplo global es el programa FRIENDS, reconocido por la OMS por su eficacia en promover habilidades socioemocionales en distintas edades —niños, adolescentes, adultos y adultos mayores— para enfrentar estrés y ansiedad.

Infancias y adolescencias: llegar tarde siempre cuesta más

La mayoría de los trastornos mentales comienzan en la infancia o adolescencia. Aun así, el sistema educativo mexicano sigue sin incorporar de manera estructural la atención psicológica.

En escuelas públicas, la presencia de psicólogos es mínima. El bullying, el ciberacoso, la violencia familiar y el estrés social se detectan tarde o simplemente no se detectan. Cuando un menor presenta ansiedad o depresión, suele ser etiquetado como “problemático” antes que acompañado.

En la adolescencia, la falta de prevención tiene consecuencias más graves: consumo de sustancias, conductas violentas, autolesiones y suicidio. Países que han reducido estos indicadores lo hicieron con una estrategia clara: exploración emocional temprana, prevención en adolescencia y tratamiento oportuno. México sigue llegando tarde.

Vivir con miedo: la violencia en México como detonante emocional

La inseguridad no solo mata personas; deteriora la salud mental colectiva. En México, en regiones marcadas por el crimen organizado, vivir con miedo se ha vuelto rutina. Balaceras, desapariciones, extorsiones y amenazas constantes generan estrés crónico, ansiedad generalizada y una profunda sensación de vulnerabilidad.

A diario, en televisión, y ahora en las redes sociales, la violencia se ha normalizado al grado en que pocos se asustan con las noticias del diario, que hace décadas se perdían en las páginas de la nota roja, pero que hoy son el pan de cada día.

Vivir bajo amenazas, asaltos, enfrentamientos armados o desapariciones provoca estrés prolongado, angustia y una sensación permanente de vulnerabilidad.

Este contexto empuja a muchas personas a buscar escapes equivocados: alcohol, drogas, violencia, malas compañías o aislamiento emocional. No se trata de decisiones individuales aisladas, sino de respuestas a un entorno hostil sin redes de apoyo psicológico.

La violencia no solo se reproduce con armas; se reproduce cuando no se atiende el daño emocional que deja.

En comparación con países líderes en atención a la salud mental, México invierte muy poco en este rubro y cuenta con una escasez significativa de profesionales. Mientras naciones europeas, Canadá o Australia han integrado la atención psicológica a la atención primaria, incorporado psicólogos en escuelas y desarrollado planes nacionales de prevención del suicidio, en México la atención sigue siendo fragmentada y, en muchos casos, reactiva.

La salud mental como privilegio económico

La crisis de salud mental en México también es una crisis de desigualdad. En los estratos altos, acudir a psicólogos, terapeutas o psiquiatras privados es una opción real. Existe mayor cultura del autocuidado emocional y menos estigma para pedir ayuda.

En contraste, en zonas rurales y comunidades marginadas, la atención psicológica pública prácticamente no existe. Cuando el ingreso familiar se destina a comida, transporte o vivienda, la salud mental se percibe como un lujo inalcanzable.

No es falta de interés ni de necesidad: es falta de opciones. En muchos territorios, la figura del psicólogo ni siquiera forma parte del entorno social. El resultado es predecible: depresión no tratada, violencia intrafamiliar, adicciones y suicidios. La salud mental, en México, sigue dependiendo del nivel de ingresos.

Un sistema que nunca se actualizó

Mientras otros países integraron la salud mental a la atención primaria, colocaron psicólogos en escuelas y diseñaron planes nacionales de prevención del suicidio, México mantuvo un modelo fragmentado y reactivo.

La inversión pública es baja, la escasez de especialistas es grave y el acceso sigue siendo limitado. La atención psicológica no está integrada como lo está la salud dental o la salud física, pese a que su impacto es igual o mayor.

Los modelos internacionales más exitosos coinciden en varios puntos: detección temprana desde la escuela, atención comunitaria cercana, campañas para reducir el estigma y una estrategia nacional que aborde la salud mental como un tema de bienestar social y no solo médico. En países donde estas medidas se han aplicado de forma sostenida, se ha logrado reducir suicidios, consumo problemático de sustancias y violencia asociada a trastornos no atendidos.

Nadie cuestiona hoy la importancia de revisiones dentales desde la infancia o chequeos médicos regulares. La salud mental debería ocupar el mismo lugar: exploración temprana, prevención continua y tratamiento cuando sea necesario.

Una deuda emocional que ya es impostergable

México no enfrenta solo una crisis de seguridad o de salud pública: enfrenta una crisis emocional acumulada. La diferencia es que esta no se resuelve con patrullas ni con discursos, sino con políticas sostenidas, presupuesto y voluntad.

Reconocer que la salud mental debe estar al mismo nivel que la salud física no es una concesión ideológica, es una necesidad social. Atenderla desde la infancia, prevenir en la adolescencia y acompañar en la adultez no solo reduce suicidios o adicciones: reconstruye el tejido social.

Lo que hoy viven los jóvenes no es fragilidad, es conciencia. La verdadera debilidad ha sido institucional. Y mientras no se atienda esta deuda, millones seguirán cargando en silencio con un problema que el país decidió postergar demasiado tiempo.

La salud mental en México sigue siendo una deuda pendiente. La evidencia es clara: ignorarla no solo profundiza el sufrimiento individual, sino que alimenta problemas sociales más amplios como la violencia, las adicciones y la desintegración comunitaria. Atenderla de manera integral ya no es una opción, sino una urgencia.

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