Por Julio Valdez
El documental Melania, here we go again llegó a los cines con una ambición inusual para el género: convertirse en un evento global, respaldado por una inversión millonaria y una campaña de promoción sin precedentes. Sin embargo, a pocas semanas de su estreno, los números revelan una realidad muy distinta: baja asistencia, recepción crítica adversa y un futuro financiero incierto.
Una producción histórica… por su costo
Amazon MGM Studios adquirió los derechos del documental por alrededor de 40 millones de dólares, la cifra más alta jamás pagada por un documental, a lo que se sumaron otros 30–35 millones en marketing y distribución internacional, elevando la inversión total a unos 75 millones de dólares .
El proyecto fue dirigido por Brett Ratner, cineasta conocido por franquicias comerciales de Hollywood y por haber permanecido años fuera de la industria tras múltiples controversias personales. La producción corrió a cargo del propio Ratner junto con Fernando Sulichin, Marc Beckman y Melania Trump, quien también figura como productora ejecutiva y protagonista central .
El documental se centra en los 20 días previos a la toma de posesión presidencial de Donald Trump en enero de 2025, con acceso exclusivo a la vida privada y decisiones públicas de Melania Trump durante ese periodo.
Taquilla muy por debajo de lo esperado
Pese a su amplio estreno en más de 1,500 salas en Estados Unidos y presencia inicial en más de 25 países, el rendimiento en cines ha sido discreto.
Hasta el momento, la recaudación mundial ronda los 8 millones de dólares, con apenas 2.9 millones en su primer fin de semana en EEUU, cifras muy alejadas del punto de equilibrio del proyecto .
Analistas de la industria coinciden en que, incluso con un desempeño sólido en streaming, la recuperación total de la inversión resulta poco probable, al menos desde la perspectiva estrictamente cinematográfica.
Aunque Amazon planeó un despliegue internacional amplio, el estreno no fue homogéneo. En países como Sudáfrica, las funciones fueron canceladas a último momento sin explicaciones detalladas, mientras que en varios mercados europeos se reportaron salas semivacías desde el primer día .
Tras su paso por cines, el documental llegará a Amazon Prime Video, donde la plataforma confía en que el consumo bajo demanda y la curiosidad mediática compensen el pobre desempeño en taquilla.
Críticas y rechazo en varios países
La recepción crítica ha sido mayoritariamente negativa. Diversos medios señalan que la cinta carece de distancia periodística y funciona más como un ejercicio de control de imagen que como un documental revelador.
En países como México, el estreno estuvo marcado por desinterés del público, protestas simbólicas y críticas abiertas al contexto político que rodea a la familia Trump, lo que se tradujo en muy baja asistencia: 5 asistentes por sala en promedio.
Entre las principales razones del rechazo se repiten cuatro factores:
- Alta polarización política asociada al apellido Trump.
- Percepción de propaganda más que de investigación documental.
- Controversias alrededor del director y la producción.
- Falta de “boca a boca” positivo que impulse su permanencia en salas.
Melania, here we go again se perfila como un caso paradigmático: una producción con recursos ilimitados, acceso exclusivo y promoción masiva que, aun así, no logra conectar con audiencias amplias.
Más allá de su futuro en streaming, el documental deja una pregunta incómoda para Hollywood y las plataformas:
¿el interés político y mediático justifica inversiones récord cuando el público no acompaña?
¿Por qué lanzar este documental ahora, cuando nadie lo pidió?
El estreno de Melania, here we go again no puede entenderse como una decisión cultural ni comercial tradicional. Llega en uno de los peores momentos posibles para la marca Trump: un entorno político hostil, altos niveles de rechazo social, múltiples frentes de crítica al gobierno y un desgaste evidente del apellido Trump tanto dentro como fuera de Estados Unidos.
Entonces, ¿por qué hacerlo? La respuesta más plausible no está en el cine, sino en la comunicación política.
- No es un documental: es una operación de imagen. E proyecto parece menos interesado en responder a una demanda del público y más enfocado en reconstruir narrativas. Melania Trump ha sido, durante años, una figura opaca, distante y a menudo incómoda incluso para los simpatizantes de su esposo. Este documental intenta reposicionarla como una figura independiente, reflexiva, moderada, y separada —al menos emocionalmente— del ruido político que rodea a Donald Trump.
El problema es que esa narrativa llega tarde y en un contexto donde el público ya no está dispuesto a escuchar.
2. El error de cálculo: confundir visibilidad con interés. Amazon y los productores apostaron a una idea peligrosa: que la saturación mediática equivale a curiosidad.
Pero hoy ocurre lo contrario. En amplios sectores de la sociedad —especialmente fuera de EEUU— existe un agotamiento profundo frente a todo lo relacionado con la familia Trump. No hay morbo, no hay intriga, no hay expectativa. Hay rechazo o, peor aún, indiferencia. Y la indiferencia es letal en taquilla.
3. El momento político anula cualquier lectura “neutral”. Aunque el documental intente mostrarse como un retrato íntimo, el contexto lo devora. Para gran parte del público internacional Melania no es una figura aislada, no es una celebridad independiente, es parte de un proyecto político altamente cuestionado.
En ese escenario, lanzar una pieza que no confronta, no cuestiona ni problematiza ese poder se percibe automáticamente como propaganda, incluso aunque no lo sea explícitamente.
4. Un mensaje que nadie estaba esperando. Otro factor clave: nadie estaba pidiendo esta historia. No responde a un escándalo reciente, no revela información nueva, no abre un debate relevante. En un mundo saturado de crisis reales —económicas, migratorias, bélicas— un documental introspectivo sobre la primera dama resulta, para muchos, desconectado de la realidad social.
El público no lo rechazó con furia; lo rechazó con vacío.
5. ¿Para quién era realmente esta película?. Esa es quizá la pregunta más incómoda. No parece diseñada para el público general, los críticos, ni siquiera para audiencias internacionales.
Todo indica que su verdadero destinatario es un círculo político y financiero muy específico, donde el documental funciona más como una carta de presentación, un gesto de lealtad, o una inversión simbólica a futuro.
En ese sentido, el fracaso en cines no sería un error… sino un daño colateral asumido.
¿Un regalo político y personal?
Hay otro elemento que ayuda a entender por qué este documental existe más allá del mercado y del público: la relación personal y pública entre Melania Trump y su esposo.
Durante años, la imagen de Melania estuvo marcada por gestos incómodos, rechazo físico evidente y episodios ampliamente documentados —desde retirar la mano en actos oficiales hasta expresiones de fastidio captadas por cámaras internacionales— que alimentaron la percepción de un matrimonio distante, tenso y meramente funcional.
Esos momentos no fueron menores ni aislados: se volvieron símbolos virales de una relación fracturada y de una primera dama atrapada en un rol que parecía no querer ocupar.
En ese contexto, Melania, here we go again puede leerse también como un acto de compensación.
El documental como moneda de reconciliación
El acceso total, el control narrativo y la inversión récord alrededor del proyecto sugieren que este no es solo un intento de reposicionamiento público, sino también una concesión privada. Una forma de decir: ahora la historia es tuya, ahora tú hablas, ahora tú decides cómo te ven.
Desde esa perspectiva, el documental funciona como un espacio para limpiar su imagen, una plataforma de autonomía simbólica, y una manera de separar —al menos discursivamente— a Melania del desgaste político de su esposo.
No es casual que el filme evite el conflicto directo, las tensiones matrimoniales o las contradicciones más evidentes. El objetivo no parece ser explicar esas grietas, sino cubrirlas con una narrativa de control y dignidad.
El problema: el público no compra gestos internos
El gran error es asumir que una operación pensada para resolver tensiones privadas o políticas puede traducirse en interés público.
La audiencia no percibe el documental como un acto de reconciliación con Melania, sino como una imposición narrativa más proveniente de una familia asociada al poder, el privilegio y la falta de autocrítica.
Lo que para el presidente puede ser un gesto de congraciamiento, para el público se siente como otro intento de reescribir la historia sin hacerse cargo de ella.
Cuando la intimidad no genera empatía
Paradójicamente, el documental fracasa justo donde pretende humanizar. Porque no muestra vulnerabilidad real, ni conflicto, ni contradicción. Muestra control. Y en tiempos de hartazgo político, el control no genera empatía: genera distancia.
Si Melania, here we go again existe, no es porque el público la haya pedido, sino porque alguien necesitaba concederla.
Tal vez no como obra cinematográfica. Tal vez no como éxito comercial. Sino como un gesto personal envuelto en millones de dólares.
Y el público, una vez más, entendió el mensaje… y decidió no aplaudirlo.
Melania, here we go again no fracasa porque esté mal producida ni porque carezca de recursos. Fracasa porque confunde el poder con legitimidad, y el acceso con relevancia.
Lanzar este documental en este momento no fue una apuesta artística ni comercial. Fue una apuesta política. Y el público, simplemente, decidió no participar.








